| La vida en apuros |
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Dr. José Luis del Barco Su fuerza para alterar, no digamos destruir, la naturaleza física y la vida dentro de ella era casi inapreciable. La reja del arado no dañaba la tierra como las excavadoras y la leña o el carbón no lanzaban a la atmósfera, esa tenue envoltura que hace posible la vida, los gases contaminantes que calientan el planeta. Ni los bosques ni los ríos corrían peligro alguno. A aquéllos no los secaba la lluvia ácida y éstos discurrían limpios hasta afluir en el mar. Durante siglos y siglos la técnica consistió en servirse con ingenio, como un domador astuto, de las fuerzas naturales para aumentar las humanas. El hombre obligaba al viento a mover la rueda del molino, tomaba de aquél la fuerza que faltaba a sus músculos para triturar el trigo, y hacía hachas de acero para procurarse el filo que no tenían sus manos y permitirles talar de un tajo seco los árboles. Esa colaboración entre el hombre sin fuerzas y las fuerzas naturales beneficiaba a los dos. No era de ninguna forma un juego de suma cero sino un tratado o acuerdo para el provecho recíproco. Él, equipado con acémilas, podaderas o bajeles, con pertrechos innocuos para el orden natural, acercaba uno a otro los confines de la tierra y le hacía dar fruto, y la naturaleza daba al hombre bienes en abundancia. Como el hombre, aunque se servía de ella para una vida mejor, no la deterioraba, se podría decir, con palabras de Heidegger, que dejaba ser al ser. ![]() Muy distinta es la cosa con la técnica moderna. Ésta es como un Goliat con poder de someter la realidad a su antojo, agotar sus recursos y alterar sin remedio el sensible equilibrio del medio y la vida. Gigantes sierras mecánicas pueden talar en un soplo Amazonías enteras y convertir en desierto selvas, junglas y catingas. Si un día se derritieran, por el recalentamiento continuado de la tierra, los hielos descomunales del ártico y el antártico, los mares se tragarían, con sus barcas y redes, mil pueblos de pescadores. Y, en fin, sin ánimo apocalíptico, bastaría la rotura de una central nuclear, como ya ocurrió en Chernobyl, para que un continente sufriera durante años miedo, enfermedad y muerte. Así que la nueva técnica ya no deja ser al ser, sino que lo tiraniza, y ha adquirido poco a poco un poder determinante. El hombre y la sociedad deberán someterse a sus exigencias férreas. Esto altera la lógica natural de las cosas. De instrumento al servicio de la voluntad humana, la técnica se ha erigido en un universo autónomo, con sus reglas y métodos, que el hombre ha de obedecer si quiere servirse de ella sin correr ningún peligro. Uno de los más temibles es que paulatinamente se le vaya de las manos. La tecnocracia, esa usurpación de un rol exclusivo del hombre, que ocurre cuando la técnica, sobre proveer los medios, determina los fines, es una seria advertencia. La tiranía más terrible, pone sobre aviso Gadamer, es un orden social totalmente tecnocrático. La sociedad sin entrañas, por fortuna aún ficción, de La hora veinticinco o de Un mundo feliz podría ser algo más que un motivo literario. Podría suponer el fin del hombre como ser libre. Para evitarlo se alza la voz grave de la ética llamándolo a dominar su propio dominio. En esta amenazadora e inaudita encrucijada le encomienda dos tareas: retomar el timón de la nave de la técnica para conducirla al puerto del florecimiento humano y evitar el deterioro lamentable del medio. La inquietud por el medio, cuya destrucción se augura si el hombre pierde del todo el control de la técnica, ha hecho que se despierte la conciencia ecológica. Es la sensibilidad ante el espectáculo de la naturaleza consumida. Hoy se perpetra el abuso de dilapidar la herencia de toda la humanidad. Durante siglos y siglos el ser humano ha vivido de las rentas de la tierra, un patrimonio de todos, y cada generación entregaba a la siguiente el capital sin merma. Mas, desde hace algún tiempo, cierta avidez de consumo, nos ha llevado a tomar, además de las rentas, parte del capital, que gastamos sin razón y entregamos menguado a los hombres del futuro. Contra la arbitrariedad se alza de nuevo la ética. Como trae exigencias nuevas, salvar la naturaleza, usa también nombre nuevo. Ahora es ética ecológica. Con ella nos adentramos de lleno en la Bioética. Es empeño de esta ciencia, su única razón de ser, hacer justicia a la vida. Allí donde esté en peligro, donde se vea amenazada o sea objeto de escarnio, ella saldrá a la palestra. Fámula solícita de la existencia en apuros es su nombre y apellidos. Toda forma de vida, del sicomoro a la ceiba, de la grulla al quetzal, le procura inquietud. Pero es la del hombre, la del ser personal, poseedor inapelable de derechos humanos, su mayor preocupación. Durante siglos la técnica no supuso peligro ni riesgo para la vida. No tenía poder bastante para entrometerse en ella. Podía modificar el nicho ecológico o poner en peligro la naturaleza entera, lo cual es ya un desatino, pero la vida excedía con mucho a su poderío. Ni podía ingerirse en ella ni alterar sus mecanismos. Hasta que un día se atrevió a adentrarse en su recinto a tocarla de cerca. Primero fue la animal. Se fabricaron individuos transgénicos, se cruzaron especies, se idearon quimeras. La ingeniería genética, mangoneando los genes, manufacturó individuos como objetos de diseño con la idea de aumentar sus prestaciones al máximo. No tardaron en surgir cerdos y pollos gigantes, con una capacidad desaforada de engorde, y vacas de enormes ubres de las que manaban ríos caudalosos de leche. Ni los riesgos para el hombre, que algunos pronosticaban en esas combinaciones artificiales de genes, detuvo el tren de la técnica. Traspasado el umbral, tanto tiempo improfanable, por el que se entraba al ámbito reservado de la vida, ya no podía parar. Se acercada el momento de ser su dueño y señor. La clonación fue un gran paso hacia esa insana utopía. Dolly y Polly supusieron, para la sed de dominio sin límites de la técnica, una posibilidad de que el hombre dirigiera la marcha de la evolución. Quedaría sustraída al imperio del azar y a la dirección severa de las leyes naturales. Ciertos defectos de fábrica de los dos primeros clones y el temor de que la clonación, si llegara a convertirse en la forma habitual de reproducción, termine por reducir la diversidad genética, atemperaron el sueño. Pero no cesó el empeño por entrar en el recinto misterioso de la vida, y, después de la animal, sonó la hora de la humana. Fue una campanada recia e indicaba que la técnica, como advirtiera Hans Jonas, había perdido la inocencia. Perdió la limpia blancura, la antigua simplicidad, el candor del pasado, cuando socorría al hombre en su lucha por la vida sin causar daño alguno, y desoyó cualquier voz que le hablara de culpa. Este ensoberbecimiento hizo sospechar que en todo, también en la vida humana, durante siglos y siglos realidad inviolable, iba a ingerirse la técnica. Y como no era seguro que, en todos los casos, el deseo intemperante de poner su mano en ella fuera para mejorarla, la Bioética hubo de salir de nuevo a escena para que a la vida humana se le diera un trato digno desde la cuna a la tumba. Era un fin que la obligaba a afrontar nuevos, difíciles y arriesgados desafíos. El nacimiento y la muerte, a punto de convertirse en puros ardides técnicos, en ingeniería y trámite, eran los más turbadores. Pero había otros muchos. La clonación proponía, para evitar de raíz el rechazo inmunológico, fabricar individuos genéticamente idénticos como bancos de órganos. Del deseo nobilísimo de vencer la enfermedad, se pasó a dar por buena la terapia génica de la línea germinal con la utopia médica al fondo. El sexo de los hijos se consideró sujeto a la elección de los padres. Se empezó a usar la expresión “embriones sobrantes”, sin más valor del que tiene la “chatarra biológica” –era la fórmula al uso- lista para congelar o tirar al sumidero. Cada nuevo ser humano que viniera a este mundo tendría los rasgos físicos –estatura, forma de la nariz, color de los ojos- que reclamaran sus predecesores, los cuales podrían llegarse al “supermercado genético”, el autor del giro es Nozcik, a buscar los ingredientes de unos hijos a la carta. En fin, las células madre, que permiten albergar grandísimas esperanzas en derrotar tantos males para los que aún no hay cura, obligaban al desmán –si fueran embrionarias, no si fueran adultas- de destruir embriones, o sea, personas sin tiempo, para proveerse de ellas. Todo progreso es ambiguo y el genético también. Sería necio frenarlo, y contrario al ser del hombre, que mira siempre al futuro, pero es sabio gobernarlo para que los adelantos no dañen al ser humano. Del avance biomédico cabe esperar maravillas, aunque puede, asimismo, como cualquier logro técnico o conocimiento nuevo, propiciar desafueros si se aparta del carril filántropo de la ética. Es tarea de la Bioética presentarle las razones para persistir en él. Y, en verdad, hay sólo dos (o una si, como Kant señalara, “la humanidad misma es una dignidad”). Pero son el espinazo o el sostén que da firmeza a la obra de auxilio, esa catedral de amparo de arquitectura invisible, a la vida en apuros. Una de ellas es la entraña personal del ser humano. Los hombres somos personas, es decir, un caso aparte entre los miles de seres que pueblan la tierra. “Admiramos, declara Antonio Damasio, reputado neurobiólogo que ocupa la cátedra Allen de la Universidad de Iowa, a Daniel Barenboim, del que nos entusiasma su música, y no creo que un perro o un chimpancé puedan admirar al genio”. En efecto, no pueden. Ni imaginarse la muerte, ni crear mundos fantásticos para aguantar el real, ni sentir sed de espacio y viajar a la luna, ni pasarse días enteros persiguiendo una rima, ni acercarse a la tumba donde yace un amigo, ni llorar de amargura, ni lanzarse a la aventura a bordo de naves frágiles por mares caliginosos, ni fraguar utopías, ni morirse de amor, ni embellecer el mundo con la magia de la música. Mas tampoco son capaces de abjurar de la ética, pues también ella es patrimonio de los hombres, ni de perpetrar barbaries, como declarar la guerra, hacer sufrir por placer o acopiar para sí y olvidarse del otro. La naturaleza animal no da para esos alardes. Sus destrezas se las marca la especie a que pertenece y le señala, asimismo, los límites en los que habrá de moverse y hacer su vida por fuerza. Muy distinta es la cosa en el caso del hombre. Éste tiene un ser más alto. No se le ha fijado un rumbo, ni le constriñen las leyes rigurosas de su especie. Puede pasarlas por alto para parecerse al ángel o asimilarse a la fiera. El don de la libertad, esas alas incorpóreas, le concede el privilegio de dar forma a su propia vida, que, frente al búfalo o a la estrella, esclavo aquél del instinto y fija ésta en su órbita, es algo que está en sus manos. No le es dado limitarse a vivir, a ser llevado de acá para allá a remolque del estímulo o las órdenes del medio, sino que ha de dirigir forzosamente su vida. En la grave tarea de guiarse a sí mismo, la más importante de cuantas pueda emprender, corre el riesgo de perderse, algo imposible en la fiera, pues debe elegir qué estrella, la del mal o la del bien, será meta de sus pasos. Eso da a su existencia esa seriedad sagrada de que carece la del animal. La hace más ancha y más honda. Dotado con más poder, padece y se alegra más. Siente cómo pasa el tiempo. Se puede decir del hombre que es un ser temporal, pero no del león, la jirafa o la oveja. No porque éstos no sufran la erosión que produce sino porque no lo notan. Los animales viven en un continuo presente. El hombre vive también el pasado y el futuro. Se demora en los recuerdos echando la vista atrás y siente añoranza del bien perdido, planea, le preocupa el porvenir, incluso el remoto de amigos e hijos en lejanas épocas que el ya no conocerá. La impresión del instante, la necesidad de ahora, es el único aguijón que hace obrar al animal. Al hombre el hambre futura, como Hobbes observara, le produce hambre ya hoy. Puede desentenderse del entorno, circunstancias y estímulos del presente y actuar según las leyes de una antigua tradición o pensando en el mañana. Puede, pues, disimular, contener sus deseos, actuar contra corriente, hacer testamento, disponer serenamente los preparativos de su propia muerte. Y hasta cree poder decir que, ya ceniza en la fosa, el amor hará que tiemble. Para dar nombre a este ser se utiliza desde antiguo el sustantivo “persona”. No es del caso relatar las muchas vicisitudes que ha tenido que pasar, desde el viejo uso griego para significar la máscara del actor, al sentido preciso que tiene hoy en día. “Persona” nombra el ser de cada quién. Ser alguien, no algo, un quién, no un qué, es la sola condición para poder aplicárselo. Quien la cumple, todo ser nacido de vientre de mujer, es persona. Cualquier otra prenda sobra. Ser inteligente y rico o pobre y falto de ingenio; ser nacido o no nacido, hombre o mujer, blanco o negro; tener conciencia y razón o aún no haberlas adquirido o haberlas perdido ya; discurrir como Pitágoras o decir extravagancias por el cáncer de los años de la demencia senil; estar en su sano juicio o ser un loco de atar. Ninguno de estos azares añade ni quita nada para ser persona humana. Todos los seres humanos lo son sin interrupción desde la cuna a la tumba. A los seres personales, por su excelencia de ser, les corresponde un valor que no se tasa en dinero. Suena extraño en estos tiempos de total mercantilismo y febril compraventa que las personas humanas proclamen no tener precio. La paremia gongorina, “poderoso caballero es don dinero”, al menos por una vez, es del todo inadecuada. La moneda no es siempre la magnitud que mide la valía de las cosas. La belleza, por ejemplo, tiene un precio tan alto que no se compra con oro, sino con horas y horas de soledad y silencio. Y los seres personales, muy por cima de los bienes que se adquieren con riquezas, ni siquiera tienen precio. Eso no es nada extraño, pues, como advierte el poeta, “sólo el necio confunde valor y precio”. Las personas no cuestan sino que valen. A ese valor sin precio inherente a las personas se le ha dado desde siempre el nombre de “dignidad”: el valor no venal que a los seres humanos corresponde por su altura y excelencia de ser. “Digno”, dice el diccionario de una manera algo tímida, significa “que merece algo”. Aplicado a las personas eso es decir muy poco. Los seres dignos merecen respeto incondicional. La fórmula habitual para expresar esta idea es de sobra conocida: la dignidad humana es inviolable. La inviolabilidad de los seres dignos en cualquier situación es el fin de la política y el objetivo de las leyes es garantizar los derechos, cuya única fuente es la dignidad humana. Y lo es, asimismo, de la Bioética, cuya justificación no es otra que estar en todo momento al lado de la persona para que no se la expolie de su dignidad intrínseca. La Bioética sigue una larga tradición dedicada al estudio concienzudo de Muy distinta es la cosa con la técnica moderna. Ésta es como un Goliat con poder de someter la realidad a su antojo, agotar sus recursos y alterar sin remedio el sensible equilibrio del medio y Esto altera la lógica natural de las cosas. De instrumento al servicio de la voluntad humana, la técnica se ha erigido en un universo autónomo, con sus reglas y métodos, que el hombre ha de obedecer si quiere servirse de ella sin correr ningún peligro. Uno de los más temibles es que paulatinamente se le vaya de las manos. La tecnocracia, esa usurpación de un rol exclusivo del hombre, que ocurre cuando la técnica, sobre proveer los medios, determina los fines, es una seria advertencia. La tiranía más terrible, pone sobre aviso Gadamer, es un orden social totalmente tecnocrático. La sociedad sin entrañas, por fortuna aún ficción, de La hora veinticinco o de Un mundo feliz podría ser algo más que un motivo literario. Podría suponer el fin del hombre como ser libre. Para evitarlo se alza la voz grave de la ética llamándolo a dominar su propio dominio. En esta amenazadora e inaudita encrucijada le encomienda dos tareas: retomar el timón de la nave de la técnica para conducirla al puerto del florecimiento humano y evitar el deterioro lamentable del medio. La inquietud por el medio, cuya destrucción se augura si el hombre pierde del todo el control de la técnica, ha hecho que se despierte la conciencia ecológica. Es la sensibilidad ante el espectáculo de la naturaleza consumida. Hoy se perpetra el abuso de dilapidar la herencia de toda
2 Con ella nos adentramos de lleno en Durante siglos la técnica no supuso peligro ni riesgo para Pero no cesó el empeño por entrar en el recinto misterioso de la vida, y, después de la animal, sonó la hora de
3 Todo progreso es ambiguo y el genético también. Sería necio frenarlo, y contrario al ser del hombre, que mira siempre al futuro, pero es sabio gobernarlo para que los adelantos no dañen al ser humano. Del avance biomédico cabe esperar maravillas, aunque puede, asimismo, como cualquier logro técnico o conocimiento nuevo, propiciar desafueros si se aparta del carril filántropo de Una de ellas es la entraña personal del ser humano. Los hombres somos personas, es decir, un caso aparte entre los miles de seres que pueblan la tierra. “Admiramos, declara Antonio Damasio, reputado neurobiólogo que ocupa Muy distinta es la cosa en el caso del hombre. Éste tiene un ser más alto. No se le ha fijado un rumbo, ni le constriñen las leyes rigurosas de su especie. Puede pasarlas por alto para parecerse al ángel o asimilarse a
4 Para dar nombre a este ser se utiliza desde antiguo el sustantivo “persona”. No es del caso relatar las muchas vicisitudes que ha tenido que pasar, desde el viejo uso griego para significar la máscara del actor, al sentido preciso que tiene hoy en día. “Persona” nombra el ser de cada quién. Ser alguien, no algo, un quién, no un qué, es la sola condición para poder aplicárselo. Quien la cumple, todo ser nacido de vientre de mujer, es persona. Cualquier otra prenda sobra. Ser inteligente y rico o pobre y falto de ingenio; ser nacido o no nacido, hombre o mujer, blanco o negro; tener conciencia y razón o aún no haberlas adquirido o haberlas perdido ya; discurrir como Pitágoras o decir extravagancias por el cáncer de los años de la demencia senil; estar en su sano juicio o ser un loco de atar. Ninguno de estos azares añade ni quita nada para ser persona humana. Todos los seres humanos lo son sin interrupción desde la cuna a la tumba. A los seres personales, por su excelencia de ser, les corresponde un valor que no se tasa en dinero. Suena extraño en estos tiempos de total mercantilismo y febril compraventa que las personas humanas proclamen no tener precio. La paremia gongorina, “poderoso caballero es don dinero”, al menos por una vez, es del todo inadecuada. La moneda no es siempre la magnitud que mide la valía de las cosas. La belleza, por ejemplo, tiene un precio tan alto que no se compra con oro, sino con horas y horas de soledad y silencio. Y los seres personales, muy por cima de los bienes que se adquieren con riquezas, ni siquiera tienen precio. Eso no es nada extraño, pues, como advierte el poeta, “sólo el necio confunde valor y precio”. Las personas no cuestan sino que valen. A ese valor sin precio inherente a las personas se le ha dado desde siempre el nombre de “dignidad”: el valor no venal que a los seres humanos corresponde por su altura y excelencia de ser. “Digno”, dice el diccionario de una manera algo tímida, significa “que merece algo”. Aplicado a las personas eso es decir muy poco. Los seres dignos merecen respeto incondicional. La fórmula habitual para expresar esta idea es de sobra conocida: la dignidad humana es inviolable. La inviolabilidad de los seres dignos en cualquier situación es el fin de la política y el objetivo de las leyes es garantizar los derechos, cuya única fuente es la dignidad humana. Y lo es, asimismo, de la Bioética, cuya justificación no es otra que estar en todo momento al lado de la persona para que no se la expolie de su dignidad intrínseca. |